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TAILANDIA – HISTORIA DE UN DIA EN KOH LANTA

Pongámonos en situación, es temprano por la mañana y estamos medio dormidos en nuestra casita de madera en Koh Lanta, Tailandia. De fondo oímos la mezquita, ya que se trata de una isla musulmana, es hora de levantarse y explorar el paraíso. Nos preparamos para la aventura 

Nuestro desayuno se está preparando, nos espera un continental breakfast con salchichas, huevos y tostadas, para beber un zumo tropical, de fondo nos observan los gatos. Con las pilas ya cargadas, cogemos los cascos y nos aventuramos a coger la moto. Sergi se sube primero, baja por la bajada de gravilla y posteriormente me subo yo.
Cogemos la carretera, no hay pérdida solo hay 3 carreteras en toda la isla: una en la parte derecha de norte a sur, una en la parte izquierda de norte a sur (estas dos se comunican solo por el norte) y una carretera que cruza de este a oeste por el centro de la isla. Esquivando los huecos en el arcén y mientras nos adelantan los tuk-tuk, llegamos a la primera playa paradisíaca, donde antes del Tsunami del 2004 era un poblado pesquero. Continuamos por la carretera tras alguna fotos, la siguiente parada es Nui Bay Beach. 
Aparcamos la moto en el arcén con los casos colgados del manillar (si, sin atarlos) y bajamos a la playa, encontramos un pequeño bar muy bonito de madera. Al bañarnos, notamos unos pinchazos por todo el cuerpo, según nos explicaron se trata del plankton, que abunda mucho en la zona donde cubre poco el agua, la verdad es que no es demasiado agradable. 
Siguiente parada: Mu Ko Lanta, el Parque Nacional. La carretera se está empezando a poner algo complicada, empiezan las fuertes subidas y bajadas. En las subidas la moto apenas tiene fuerza y en la bajada, los frenos dejan algo que desear… 
Antes de llegar al parque paramos a poner gasolina, gasolina que está expuesta en botellas de cristal recicladas transparentes. Una botella, un litro. ¡Ah! y la ponen con un embudo. 
Después de la pequeña parada técnica llegamos a nuestro destino, en la entrada del parque en medio de la calle nos espera un mono comiendo una bolsa de patatas, se aparta, y da paso a una bajada con mucha pendiente (esto no lo sube la moto ni queriendo) . Llegamos al parking de motos, y paseamos por la zona. 
Está lleno de monos andando, comiendo, subiéndose a los árboles y bañándose en los lagos. Llegamos a la zona de la playa y subimos a un faro para poder apreciar la belleza del paisaje. Totalmente de postal. 
Volvemos a la moto, y el mejor plan es Sergi conduce cuesta arriba y yo, con el calor y la humedad rozando los límites, me toca subir esos 500 metros hacia arriba, os aseguro que no fue nada fácil! Pero era la única opción.
Sentados en un pequeño bar decidimos entonces nuestro próximos destino: las cascadas. Al llegar a la zona de aparcamiento quieren que contratemos un guía para que nos acompañen hasta ellas, pero decidimos ser valientes e ir nosotros solos juntamente con con una pareja de suecos que conocimos en ese mismo parking. Empezamos a andar y no hay ni una indicación, la excursión empieza bien. 
Vamos siguiendo a las personas de delante el suelo está mojado, resbala y no hay un camino firme. No sabemos hacia donde vamos, el guía está detrás nuestro pero no quiere enseñarnos el camino y no nos adelanta. De fondo se oye un ruido muy fuerte de un insecto, la humedad es prácticamente del 100%, estamos empapados. El guía nos advierte que al ser la época húmeda por el río bajan las serpientes. Llegamos a la cascada, y podemos mojarnos un poco y descansar.
El guía de repente ha desaparecido, nos tocará volver solos. Intentamos seguir el mismo camino por el que hemos llegado, pero rápidamente nos perdemos, intuimos por donde podría estar la salida. Decidimos entonces pasar por el río siguiendo su cauce. Tras casi 2 horas de conseguimos llegar. La excursión ha valido la pena. Una aventura más que guardar. Nos damos los teléfonos para quedar por la noche y acabar el día perfecto.

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